Fatiga crónica: qué es y cómo gestionarla


¿Quién se ha sentido cansado últimamente?

Lo más probable es que, ante esa pregunta, 9 de cada 10 hayan respondido lo mismo: yo.

No hace falta leer la mente de nadie para intuirlo, pero además las estadísticas nacionales parecen confirmar esa sensación generalizada.

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Ahora bien, cuando hablamos de un cansancio intenso que se prolonga durante más de 6 meses, ya no se trata solo de agotamiento: hablamos de una enfermedad conocida como síndrome de fatiga crónica.

¿Qué es la fatiga crónica?

Más de 1,2 millones de personas en Europa han sido diagnosticadas con síndrome de fatiga crónica. Y todo indica que las mujeres lo padecen con mayor frecuencia que los hombres, hasta 4 veces más.

Quiero plantear una idea sencilla pero poderosa: incluso conviviendo con el síndrome de fatiga crónica, es posible vivir con plenitud si aprendemos a reconocer oportunidades y a encontrar un significado en cada desafío. Para eso, a menudo hay que cambiar la manera en que pensamos.

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Cómo me diagnosticaron síndrome de fatiga crónica

Hace dos años, cuando llegué al hospital tras una fuerte crisis de espasmos musculares, parecida a una convulsión epiléptica, no era una persona obsesionada con el trabajo. Lo había sido, de forma puntual, muchos años atrás. Había vuelto a trabajar después de un año de permiso por maternidad, con una jornada parcial. Tenía una hija de tres años que, como tantos otros niños, nunca había dormido demasiado. Su necesidad de sueño era completamente distinta a la mía. Siempre conté con el apoyo de mis padres y de mi marido, quizá más del que tienen muchas otras mujeres en nuestra sociedad. En teoría, no tenía motivo para estar en aquel hospital.

Pero cada persona funciona de una manera distinta, y lo que a una le sirve puede no servirle a otra. Y, aunque mis problemas parezcan pequeños en comparación con los de los demás, siguen siendo míos y los vivo con la misma intensidad que cualquiera vive los suyos.

Y aun así, allí estaba yo, en una cama de hospital, sin entender demasiado por qué.

Lo que sabía sobre la fatiga crónica era, básicamente, que solía aparecer en personas que trabajan muchas horas al día durante mucho tiempo, o en quienes duermen mal y sufren insomnio. Nada de eso parecía encajar conmigo. Nunca fui una adicta al trabajo, salvo en algunos periodos de la juventud. No porque ahora sea vieja, sino quizá porque soy unos años más sabia que al comienzo de mi vida profesional.

Siempre he dormido profundamente: donde me pusieras, me quedaba dormida enseguida. En una silla, en el sofá, en el autobús, en el tren, en el coche, en cualquier sitio.

Y aun así, ahí estaba, hospitalizada.

Síntomas de la fatiga crónica

A veces sentía la lengua entumecida y me costaba hablar con claridad. Lo curioso es que eso ya me había pasado antes. Una noche, por ejemplo, le estaba leyendo un cuento a mi hija antes de dormir y ella me preguntó: “Mamá, ¿por qué no pronuncias bien las palabras?”.

Otras veces notaba un lado de la cara adormecido y con hormigueo, algo que también me había sucedido en otra ocasión mientras paseaba con mi marido por la ciudad.

También tenía espasmos musculares fuertes e incontrolables en manos, pies y en todo el cuerpo. Eso me ocurría desde la adolescencia, aunque con intervalos mucho más largos, incluso de años, y con una intensidad bastante menor. Sin embargo, durante la primera mitad de aquel año los episodios se volvieron mucho más frecuentes.

De niña, los médicos me decían que esos espasmos se debían a bajadas de calcio.

En teoría, no tenía razón para estar allí. Y, sin embargo, ahí seguía, en una cama de hospital.

Desde que nació mi hija, dormía unas 6 horas por noche, entrecortadas. Probablemente como muchas otras mujeres. Antes de tenerla, dormía al menos 8 horas seguidas. Probablemente no como tantas otras mujeres.

Era madre, como muchas otras. Tenía el apoyo de mis padres y de mi marido; no sé si como muchas otras mujeres.

Tenía un trabajo que me gustaba, probablemente como muchas otras. Y un horario parcial, quizá no como tantas otras.

Y aun así, allí estaba yo, con apenas 36 años, con espasmos intensos e incontrolables y con la preocupación visible del personal médico.

El momento que cambió mi perspectiva

La segunda noche, cuando estaba ingresada en una habitación privada del hospital, vi acercarse hacia mí, al borde de la cama, una cucaracha. Y no pequeña, precisamente. Es el recuerdo más nítido que conservo de aquellos días en los que me hicieron todo tipo de pruebas y análisis, algunos posibles y otros imposibles.

En circunstancias normales me habría indignado por los problemas del sistema sanitario, por los impuestos que pago y por las condiciones precarias, entre otras cosas. Todo eso, además, eran asuntos que no podía controlar. Pero en aquel momento entendí algo importante: la cucaracha era el menor de mis problemas. No podía cambiar la higiene del hospital, pero sí podía decidir en qué pensaba, cómo actuaba y a qué dedicaba mi energía.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba completamente presente en mi cuerpo, en mi mente y en mi vida. No estaba atrapada en el pasado ni proyectada hacia el futuro. Solo importaba el presente. Necesitaba encontrar la causa de mi problema de salud para poder aplicar una solución y recuperar mi vida. Tenía 35 años y todavía mucho por vivir.

El diagnóstico y la búsqueda de una solución

En el tercer día de ingreso, mi marido llegó junto con el médico, ambos sonrientes de oreja a oreja. No los había visto así en los últimos días. Me dijeron: no tienes un problema neurológico. Mi marido también es médico, y los escenarios que había imaginado eran mucho más sombríos que los míos. Yo pensaba en una falta de vitaminas o en estrés. Él contemplaba opciones mucho peores, como cáncer, un accidente cerebrovascular y otros diagnósticos que podían terminar, muy probablemente, en la muerte.

En casa, yo soy la optimista realista y él el realista pesimista. Lo bueno es que ambos nos encontramos en la realidad. Esta vez gané yo, la optimista realista. Me explicaron que tenía un problema químico relacionado con la psiquiatría.

Hasta ese momento nunca me había considerado una persona con problemas psíquicos. Pero después de aquella sensación de claridad y presencia, solo me importaba la solución.

Así fue como una visita al psiquiatra me llevó a un diagnóstico: síndrome de fatiga crónica.

Me dijeron que no estaba deprimida ni tenía un trastorno mental. Y, sinceramente, en el fondo yo también lo intuía. Solo necesitaba dormir y relajarme.

Suena fácil, pero en la práctica no lo era. Yo pensaba en mi hija, en mi familia, en mi marido, en el trabajo, en las responsabilidades y en todo lo demás.

Sin embargo, después de esa claridad interior y de aquella consulta, viví otro momento esencial para mí, uno que hoy sigo practicando con frecuencia: la gratitud.

Cómo la gratitud me ayudó a recuperar la alegría

Entonces sentí gratitud por poder irme enseguida, sola, a unas vacaciones en las que pudiera dormir cuando quisiera, caminar y descansar. Gratitud por mis padres y por mi marido, que se quedaron con la niña. Gratitud por mis buenos amigos, que estuvieron a mi lado. Uno de ellos incluso hizo el viaje conmigo hasta el destino. Y también gratitud por mi antiguo empleador, que me dijo que podía tomarme todo el tiempo que necesitara.

Y, por supuesto, gratitud por mí misma, porque siempre me he considerado una persona afortunada, desde la infancia.

A los pocos días regresé a casa. Aunque estaba bastante mejor y los espasmos ya no eran tan frecuentes, seguían presentes. Entonces comprendí que no podía recuperar de golpe tres años de sueño insuficiente.

Más tarde, una visita a un médico en el extranjero me dio otra respuesta. Me dijo que hiciera todo aquello que me hiciera feliz: el trabajo que me gustara, aficiones, yoga, meditación, viajes, lo que fuera. Mi enfermedad no tiene un tratamiento claro. Para detener los espasmos que todavía aparecen de vez en cuando, tengo que respirar dentro de una bolsa. Lo importante es que funciona.

Cómo se puede vivir con fatiga crónica sin renunciar a la felicidad

El síndrome de fatiga crónica tiene causas diversas y todavía no se conocen con precisión. Aun así, aparece con mayor frecuencia en mujeres que en hombres, en condiciones distintas y con manifestaciones diferentes. Tal vez por eso solo alrededor del 20% de las personas recibe un diagnóstico correcto.

La fatiga crónica me ayudó a entender que allí donde invierto mi tiempo y mi esfuerzo también invierto mi atención y mi energía.

Y mi energía es limitada, así que debo elegir con sabiduría dónde ponerla.

Por eso decidí centrarme en mis fortalezas y en aquello que de verdad importa para mí.

Me hice una pregunta muy simple: ¿qué me hace feliz?

La respuesta fue mi pasión por aportar valor a los demás, una pasión que se convirtió en mi trabajo y me llevó a emprender a tiempo completo.

Mi creatividad y mis ideas sobre la actitud acabaron transformándose en libros para niños y juegos para adultos.

El tiempo de calidad con mis amigos y mi familia, y muchas otras cosas, también pasaron a ocupar un lugar central. Uno puede alcanzar nuevos niveles de conciencia cuando cambia su forma de pensar.

Se trata, en el fondo, de aprender a mirar la mitad llena del vaso, no la vacía. De ver oportunidades donde otros solo ven obstáculos. Como dice el refrán: si la vida te da limones, haz limonada, y deja de quejarte. Eso fue, al menos, lo que me ocurrió a mí. Alcancé un nuevo nivel de conciencia.

Un mundo que antes no estaba en mi mapa mental se abrió delante de mis ojos.

La enfermedad dejó de ser un obstáculo y se convirtió en una oportunidad

Comprendí que podía hacer cosas en las que nunca había pensado. Y así tomé la decisión más importante para seguir adelante y vivir con felicidad: acepté que quizá nunca volvería a ser exactamente como antes de enfrentarme a la fatiga crónica. Tal vez solo sería una persona mejor, más curiosa y más atenta a su cuerpo.

Lo que hasta entonces había sido un impedimento y una limitación en mi vida me ofreció también una posibilidad: ser creativa, encontrar soluciones, asumir riesgos, porque solo tenemos una vida y merece la pena vivirla intensamente. Aprender cosas nuevas. Descubrir. Seguir adelante, incluso cuando surgen problemas y desafíos.

La fatiga crónica en mi vida, durante los últimos 2 años, me enseñó a vivir con más felicidad.

A descubrir oportunidades y algún beneficio en cada dificultad, cuando cambié mi manera de pensar. Tú también puedes ser más feliz si decides estar presente en tu propia vida, es decir, si eliges centrarte en lo que haces aquí y ahora, y no en el pasado o en el futuro.

Si eliges agradecer lo que tienes: las personas y las cosas que te acompañan cuando más lo necesitas. Si eliges concentrarte en tus fortalezas, comprender que tu tiempo y tu esfuerzo están allí donde también está tu energía, y que esa energía es limitada. Si te enfocas en lo verdaderamente importante de tu vida y te permites ser una persona mejor, aceptando que quizá no vuelvas a ser como antes de la enfermedad, pero sí puedes llegar a ser más feliz.

¿Cuál es, entonces, el primer paso que puedes dar ahora mismo para ser un poco más feliz en tu propia vida?

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