La motivación suele describirse como la razón por la que una persona actúa. Es un elemento clave porque impulsa el comportamiento humano y orienta nuestras decisiones cotidianas. Nos mueve tanto en gestos simples, como beber un vaso de agua cuando tenemos sed, como en acciones más elaboradas, como leer para aprender algo nuevo.
¿Qué es la motivación?
La motivación es el proceso que pone en marcha, dirige y sostiene una conducta orientada a una meta.
No solo interviene en el momento en que una persona empieza a actuar: también influye en la dirección que toma esa acción y en la capacidad de mantenerla hasta alcanzar un objetivo. Por eso, muchas veces solo podemos inferir qué motiva a alguien a partir de su comportamiento observable.
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Resiliencia: qué es y cómo llegar a ser resilienteEn términos generales, se distinguen dos grandes tipos de motivación: extrínseca e intrínseca.
La motivación extrínseca procede del exterior y suele estar asociada a recompensas como el dinero, el reconocimiento social, los trofeos, los diplomas o los elogios.
La motivación intrínseca, en cambio, nace dentro de la propia persona. Un ejemplo claro sería resolver un rompecabezas complejo solo por la satisfacción personal de encontrar la solución.
La motivación extrínseca suele ser útil a corto plazo. El dinero o los elogios pueden tener un efecto real durante un tiempo, pero lo que de verdad sostiene el avance es el motivo interno, ese “por qué” personal que mantiene el foco en la meta cuando desaparece el estímulo externo.
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Comunicación en equipo: ¿cuáles son las claves del éxito?¿Cómo descubrir qué te motiva?
No todas las personas se activan por lo mismo ni responden igual ante los mismos estímulos. Para avanzar de forma consistente, conviene conocerse mejor y adaptar la manera de trabajar, decidir y organizarse al propio perfil. Existen distintos modelos de personalidad; uno de los más conocidos es el DISC, que distingue cuatro estilos: Dominante, Influyente, Sereno y Concienzudo.
Tipo de personalidad dominante
Las personas dominantes tienden a ser coléricas. Su fortaleza está en que se mueven con facilidad y toman decisiones con rapidez. Su punto débil aparece cuando no llevan el control, porque pueden perder interés en participar. Si te reconoces en este perfil, conviene centrarte en las decisiones que tomas para impulsarte. Cada persona es responsable de su desarrollo, de sus actos y de sus elecciones. Elegir con claridad cómo hacer lo que te propones y mantener la constancia puede ser tu mejor palanca de motivación.
Tipo de personalidad influyente
Las personas influyentes suelen asociarse al temperamento sanguíneo y a menudo son de las más abiertas y divertidas. Con facilidad animan un grupo y aportan energía al entorno. Su dificultad más habitual es la falta de concentración. Si encajas en este perfil, puede ayudarte plantearte los objetivos como un juego. Y si eso no te funciona, otra estrategia útil es recompensarte por cada avance, incluso cuando sea pequeño y progresivo.
Tipo de personalidad sereno
Las personas serenas suelen vincularse al temperamento flemático. Suelen resultar cercanas, equilibradas y poco complicadas. Su principal obstáculo es la inercia, es decir, la tendencia a quedarse quietas cuando algo requiere iniciativa. Si te identificas con este tipo, buscar el valor de lo que haces puede ser decisivo para encontrar motivación. Cuando una persona serena comprende la utilidad real de una acción, puede llegar a ser muy tenaz y persistente.
Tipo de personalidad concienzudo
Las personas concienzudas se relacionan con una naturaleza melancólica. Su gran fortaleza es la atención al detalle y una clara tendencia al perfeccionismo. Sin embargo, esa misma exigencia puede convertir el error en una amenaza y frenar la acción. Si te identificas con este estilo, una forma de motivarte es centrarte en el placer de aprender con precisión y en la posibilidad de dominar bien un tema. En lugar de pensar solo en el resultado perfecto, conviene valorar el proceso de mejora.
Como se ve, cada tipo de personalidad tiene ventajas propias. Identificar esos puntos fuertes permite construir una motivación más estable y alineada con la forma real de ser de cada persona.
¿Qué provoca la falta de motivación?
La falta de motivación es una experiencia común. En algún momento casi todo el mundo la ha sentido, ya sea por una cuestión puntual o por un problema que se arrastra durante años. La buena noticia es que, aunque sea frecuente, puede trabajarse y superarse.
Hay muchas cosas valiosas que se pueden conseguir cuando existe el impulso necesario para actuar. Pero si notas que te cuesta involucrarte o te resulta difícil preocuparte por lo que tienes delante, una de estas cinco causas puede estar influyendo.
1. Falta de acción
Cuando hay desmotivación, a veces el problema no es la falta de ganas sino la falta de movimiento. Empezar una actividad, incluso sin entusiasmo, puede ser suficiente para que la motivación aparezca después.
La primera ley de Newton dice que un objeto en reposo tiende a permanecer en reposo y uno en movimiento tiende a seguir moviéndose. Esa idea también puede aplicarse al comportamiento humano.
El dicho “el apetito viene comiendo” funciona aquí con bastante precisión: muchas veces la motivación aparece cuando ya se ha empezado. La inactividad, por el contrario, agota y deja sin energía. Por eso, mantenerse en acción ayuda a sostener el impulso.
2. Depresión
La depresión suele robar energía y motivación, incluso cuando es leve. En esos casos, tareas cotidianas como limpiar la casa o pagar facturas pueden convertirse en un esfuerzo enorme porque todo parece carecer de sentido o interés.
Si crees que puedes estar atravesando una depresión, hay algunas medidas útiles para empezar a recuperar cierto margen de acción.
La primera es hablar con un terapeuta. También conviene decidir qué asuntos requieren atención inmediata. Por ejemplo, pagar las facturas puede ser urgente, mientras que unas clases de piano pueden esperar. Priorizar ayuda a no sentirse desbordado.
Además, cuando hay depresión es importante reconocer cada avance, por pequeño que parezca. No hace falta esperar a que todo esté resuelto para valorar un logro. Celebrar lo conseguido forma parte del proceso de recuperación.
3. Demasiadas cosas por hacer
Si te sientes sobrepasado por la cantidad de tareas, puede ayudar dividirlas en partes más pequeñas.
Cuando hay demasiado encima, es frecuente que mente y cuerpo se bloqueen. En vez de aclarar los pasos, surge la tentación de no hacer nada. Ya vimos que la falta de acción alimenta la desmotivación, pero también ocurre al revés: el exceso de carga mental puede generar ese mismo bloqueo inicial.
Descomponer un objetivo grande en acciones concretas permite avanzar sin sentir que todo depende de un único esfuerzo enorme. Cada tarea completada abre camino a la siguiente.
4. Querer agradar a todo el mundo
Si sueles esforzarte por contentar a los demás, es probable que en algún momento hayas notado falta de motivación. Cuando la energía se dedica a satisfacer expectativas ajenas, resulta difícil identificar los propios deseos y necesidades. Y sin claridad sobre lo que realmente quieres, es complicado encontrar un motivo interno para actuar.
Es difícil sostener la motivación cuando se persiguen objetivos que no son propios. En cambio, cuando las metas nacen de ti, el esfuerzo cambia por completo. Por eso es importante dejar de intentar agradar a todo el mundo, porque eso acaba llevando a una frustración constante.
Conviene preguntarse quién eres, qué quieres y hacia dónde deseas ir. A partir de ahí, se pueden definir metas propias y construir un camino personal. No obsesionarse con la opinión de los demás es fácil de decir, pero no siempre sencillo de aplicar. En algunos casos, un psicoterapeuta o un coach puede ayudar a desarrollar herramientas concretas para avanzar.
5. Mentalidad fija
Existen dos formas generales de entender la capacidad personal: una mentalidad fija y una mentalidad de crecimiento. Quien tiene una mentalidad fija suele pensar que su potencial no cambia, que las habilidades ya están dadas y que no es posible desarrollar nuevas capacidades o inteligencia.
Con esa forma de pensar, la desmotivación aparece con facilidad. Si se cree que todo “es lo que es”, ¿para qué intentarlo? ¿Qué sentido tendría invertir tiempo en aprender algo nuevo si se parte de la idea de que no se puede mejorar?
Superar esta visión implica avanzar hacia una mentalidad de crecimiento. Las personas con esta mentalidad creen que pueden aprender nuevas habilidades. Entienden las experiencias como oportunidades de mejora y aceptan el feedback, incluso cuando resulta incómodo, porque saben que puede ayudarles. Esa convicción alimenta la motivación, ya que refuerza la idea de que el propio destino también puede construirse.
¿Cuáles son las consecuencias de la falta de motivación?
No alcanzar objetivos personales puede generar frustración, sensación de impotencia, inseguridad, baja autoestima y otras emociones negativas.
Querer algo, como perder 10 kg o correr una maratón, no basta por sí solo. Lograrlo exige perseverancia para superar obstáculos y resistencia para continuar cuando aparecen las dificultades, que casi siempre terminan surgiendo.
La motivación suele explicarse a partir de tres componentes principales: activación, persistencia e intensidad.
La activación es la decisión de iniciar una conducta, como apuntarse al gimnasio o empezar una clase de coaching o psicoterapia.
La persistencia es el esfuerzo continuado hacia una meta, incluso cuando surgen barreras.
La intensidad se refleja en el grado de concentración, energía y empeño que se pone en perseguir un objetivo.
La fuerza con la que se expresan estos tres elementos influye directamente en la posibilidad de alcanzar una meta. Una activación sólida facilita empezar; la persistencia y la intensidad determinan si se mantiene el rumbo y cuánto esfuerzo se invierte en seguir avanzando.
Cinco consejos para mantener la motivación
Aunque te sientas desmotivado, hay varias acciones que pueden ayudarte a seguir adelante:
- ajusta tus objetivos para centrarte en aquello que de verdad tiene valor para ti;
- si una tarea te parece demasiado grande o abrumadora, divídela en pasos pequeños y céntrate en dar el primero;
- trabaja tu confianza y la imagen que tienes de ti mismo;
- recuerda lo que ya has conseguido y vuelve a reconocer tus fortalezas;
- permanece en acción, porque ver resultados, aunque sean mínimos, contribuye a sostener la motivación.
Motivación en el trabajo: cómo mantenerla en el ámbito profesional
Si esperas que tu motivación laboral dependa por completo de tus compañeros o de tu empresa, es probable que no obtengas resultados duraderos. Como ya se ha visto, la motivación extrínseca suele ser breve. La motivación intrínseca, en cambio, es la que más impacto tiene en la vida personal y profesional.
Por eso resulta tan importante disfrutar de lo que haces y sentir interés real por tu trabajo. Cada persona decide sus acciones y puede tomar parte activa en el rumbo de su vida, tanto en casa como en el entorno laboral. Cuando se deja que otros tomen todas las decisiones, la motivación acaba debilitándose.
La motivación es, en buena medida, una elección. Apostar por la motivación intrínseca ayuda a avanzar con más solidez hacia metas personales y profesionales.
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