¿Qué es la motivación? qué es y cómo motivarte


La motivación es una palabra que usamos con frecuencia para explicar por qué una persona hace lo que hace. Es una fuerza decisiva en la conducta humana: impulsa a actuar, ya sea para beber un vaso de agua cuando aparece la sed o para leer un libro con el fin de aprender algo nuevo. Entenderla ayuda a comprender mejor nuestras decisiones, nuestros hábitos y también los bloqueos que a veces nos impiden avanzar.

¿Qué es la motivación?

La motivación es el proceso que pone en marcha, orienta y sostiene los comportamientos dirigidos a una meta. No solo activa una acción; también le da dirección y continuidad hasta que se busca un resultado concreto. Por eso, muchas veces inferimos la motivación de una persona a partir de lo que hace, porque el motivo interno no siempre se ve de forma directa.

De manera general, suele hablarse de dos grandes tipos de motivación: extrínseca e intrínseca.

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La motivación extrínseca procede del exterior y suele estar vinculada a recompensas como el dinero, el reconocimiento social, los trofeos, los diplomas o los elogios.

La motivación intrínseca, en cambio, nace dentro de la propia persona. Un ejemplo claro sería resolver un rompecabezas difícil solo por la satisfacción personal de encontrar la solución.

La motivación extrínseca suele funcionar mejor a corto plazo. El dinero, los premios o los halagos pueden dar un impulso temporal, pero rara vez sostienen el esfuerzo durante mucho tiempo por sí solos. En cambio, el “por qué” personal, ese motivo interno que conecta con tus valores y objetivos, es lo que normalmente mantiene el foco incluso cuando aparecen la fatiga, la duda o la rutina.

¿Cómo descubrir qué te motiva?

No todas las personas se motivan por las mismas razones ni responden igual ante los mismos estímulos. Si quieres desarrollarte de forma constante, conviene empezar por conocerte mejor y observar qué te impulsa de verdad. Existen muchos modelos de personalidad, y uno de los más conocidos es el DISC, que distingue entre Dominante, Influyente, Estable y Concienzudo.

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Tipo de personalidad dominante

Las personas dominantes suelen ser de temperamento colérico. Su punto fuerte es que se activan con facilidad y toman decisiones con rapidez. Su punto débil aparece cuando no sienten que llevan el control, porque pueden mostrarse reacias a participar si no ocupan un papel principal. Si te identificas con este perfil, conviene centrarte en las decisiones que tomas para motivarte: cada persona es responsable de su propio desarrollo, de sus acciones y de sus elecciones. Decide cómo vas a hacer aquello que te propones y mantén la constancia.

Tipo de personalidad influyente

Las personas influyentes suelen ser de temperamento sanguíneo y, a menudo, resultan muy agradables y sociales. Con frecuencia aportan energía al entorno y pueden convertirse en el alma de cualquier reunión. Su dificultad más habitual es la falta de concentración. Si te reconoces en este tipo, te ayudará tratar tus metas como si fueran un juego. Y si algo te parece demasiado difícil, conviene premiar los pequeños avances para reforzar el progreso paso a paso.

Tipo de personalidad estable

Las personas estables suelen tener un temperamento flemático. Una de sus mayores virtudes es que suelen caer bien y no tienden a complicarse en exceso. Su principal obstáculo es la inercia: les cuesta arrancar cuando una tarea exige salir de la comodidad. Si este es tu perfil, busca el valor real de lo que tienes que hacer; cuando una persona estable percibe sentido en una acción, puede convertirse en alguien especialmente tenaz y resistente.

Tipo de personalidad concienzudo

Las personas concienzudas suelen ser melancólicas. Destacan por su perfeccionismo y por su atención al detalle, cualidades muy valiosas en muchos contextos. Sin embargo, ese mismo deseo de hacerlo todo bien puede generar miedo a equivocarse. Si te identificas con este perfil, una buena forma de motivarte es centrarte en el placer de aprender con profundidad y en la posibilidad de dominar un tema con precisión. No se trata de eliminar el error, sino de no permitir que el miedo a fallar bloquee el aprendizaje.

Cada tipo de personalidad tiene fortalezas propias. El primer paso consiste en reconocerlas para usarlas a tu favor y construir una motivación más sólida y realista.

¿Qué causa la falta de motivación?

No eres una excepción si en algún momento has sentido falta de motivación. Todo el mundo atraviesa etapas así, ya sea por algo pequeño o por un problema que se arrastra durante años. Lo importante es recordar que esa sensación es frecuente, pero no permanente: puede superarse.

Hay muchas cosas que pueden lograrse cuando tenemos energía para llevarlas a cabo. Sin embargo, si te encuentras en un punto en el que te cuesta incluso interesarte por lo que tienes delante, puede haber varias causas detrás de ese bloqueo.

1. Falta de acción

Cuando falta motivación, a veces el problema es que no estás empezando nada. Curiosamente, dar el primer paso, incluso sin ganas, puede hacer que la motivación aparezca después.

La primera ley de Newton afirma que un objeto en reposo tiende a permanecer en reposo y uno en movimiento tiende a seguir moviéndose. Esa idea también puede aplicarse al comportamiento humano. Existe incluso una versión práctica de esa intuición: muchas veces el impulso aparece cuando ya estás haciendo algo. La inacción, en cambio, suele alimentar el cansancio mental y dejarte sin energía para seguir.

2. Depresión

La depresión puede robar energía, interés y motivación, incluso en sus formas leves. Cuando una persona atraviesa un cuadro depresivo, las tareas cotidianas pueden volverse pesadas: ordenar la casa, cumplir con pagos o mantener rutinas sencillas puede parecer una carga enorme.

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Si crees que puedes estar lidiando con depresión, una de las primeras medidas útiles es hablar con un terapeuta. También conviene decidir qué asuntos requieren atención inmediata. Si hay facturas que pagar, eso tendrá prioridad sobre actividades que pueden esperar. Organizar las urgencias ayuda a reducir la sensación de caos.

Además, cuando atraviesas un momento así, es importante reconocer cada pequeño avance. No hace falta esperar a que todo esté perfecto para valorar lo conseguido. Celebrar lo que sí logras, aunque parezca mínimo, puede ayudarte a recuperar una sensación de control y de eficacia personal.

3. Tener demasiadas cosas que hacer

Cuando la lista de tareas parece inabarcable, la mejor estrategia suele ser dividirla en partes pequeñas y manejables. A veces el cuerpo y la mente se bloquean no por pereza, sino porque se sienten saturados.

Cuando sientes que hay demasiado por hacer, puede surgir la tentación de no empezar nada. Pero el avance suele construirse de forma fragmentada: cada tarea pequeña completada te acerca al objetivo mayor y reduce la presión que provoca el conjunto.

4. Intentar agradar a todo el mundo

Vivir tratando de satisfacer a los demás suele desgastar mucho. Cuando toda tu energía se dedica a complacer, resulta más difícil identificar tus propias necesidades, deseos y prioridades. Y si no sabes lo que quieres, cuesta encontrar una razón interna para moverte.

Motivarte para cumplir expectativas ajenas rara vez funciona a largo plazo. Es más difícil sostener un esfuerzo cuando persigues objetivos de otros que cuando trabajas por metas propias. Por eso, conviene dejar de lado la necesidad constante de aprobación, porque acabarás decepcionándote una y otra vez. Definir quién eres, qué quieres y qué camino deseas seguir es un proceso más sano. Si te resulta difícil hacerlo solo, un psicoterapeuta o un coach pueden ayudarte a desarrollar herramientas prácticas para avanzar con más claridad.

5. Una mentalidad fija

Existen dos formas habituales de pensar: mentalidad fija y mentalidad de crecimiento. Cuando alguien tiene una mentalidad fija, tiende a creer que su potencial está cerrado y que las habilidades o la inteligencia no pueden desarrollarse. Desde esa perspectiva, si todo está determinado de antemano, ¿para qué esforzarse en cambiar?

Superar esa visión requiere adoptar una mentalidad de crecimiento. Las personas con esta forma de pensar confían en que pueden aprender nuevas habilidades y mejorar con la experiencia. Entienden los retos como oportunidades para evolucionar y reciben el feedback, incluso cuando es crítico, como una posibilidad de mejora. Esa actitud resulta motivadora porque refuerza la idea de que el propio destino también se construye.

¿Cuáles son las consecuencias de la falta de motivación?

La falta de motivación puede traducirse en la imposibilidad de alcanzar objetivos personales y, como consecuencia, en emociones desagradables como frustración, impotencia, inseguridad o baja autoestima.

Si alguna vez te propusiste una meta concreta, como perder 10 kg o correr un maratón, sabrás que desear algo no basta. Alcanzar objetivos de ese tipo exige persistencia frente a los obstáculos y resistencia para seguir adelante cuando surgen dificultades, que casi siempre aparecen en el camino.

La motivación suele explicarse a través de tres componentes principales: activación, persistencia e intensidad.

La activación consiste en decidir iniciar una conducta, por ejemplo, apuntarte al gimnasio o a una sesión de coaching o psicoterapia.

La persistencia es el esfuerzo continuado hacia una meta, incluso cuando surgen barreras.

La intensidad se refleja en el nivel de concentración, energía y empeño que dedicas a perseguir ese objetivo.

El grado en que estas tres dimensiones están presentes influye directamente en el resultado. Una activación fuerte aumenta la probabilidad de empezar; la persistencia y la intensidad determinan si continúas trabajando y cuánto esfuerzo inviertes para lograrlo.

Cinco consejos para mantener la motivación

Aunque te sientas desanimado, hay varias acciones que pueden ayudarte a seguir avanzando:

  1. Ajusta tus objetivos para centrarte en lo que realmente importa para ti.
  2. Si algo te parece demasiado grande o abrumador, divídelo en pasos más pequeños y concéntrate en dar el primero.
  3. Trabaja tu confianza y la imagen que tienes de ti mismo.
  4. Recuerda lo que has conseguido en el pasado y redescubre tus fortalezas.
  5. Sigue en movimiento: la acción suele generar motivación cuando empiezan a aparecer resultados, aunque sean pequeños.

La motivación en el trabajo: cómo mantenerla en el ámbito profesional

Si esperas que la motivación laboral dependa siempre de tus compañeros o de tu empleador, será difícil sostenerla a largo plazo. Como ya se ha señalado, la motivación extrínseca tiene una duración limitada.

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La motivación intrínseca es la que más peso suele tener en la vida diaria. Por eso es tan importante disfrutar de lo que haces y sentir pasión por tu trabajo. Tus acciones dependen de ti, y puedes tener control sobre tu vida tanto en casa como en el entorno laboral. Si permites que otros decidan por ti de forma constante, será mucho más difícil mantenerte motivado.

La motivación es, en gran medida, una elección personal. Apostar por una motivación interna te ayudará a avanzar con más firmeza hacia tus metas personales y profesionales.

 

 

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