Hay personas que hablan de su vida con una claridad notable y muy poco calor. Entienden rápido, analizan bien y pueden explicar con precisión por qué eligieron algo, por qué se quedaron, por qué se fueron o por qué sufrieron. Sin embargo, mientras se les escucha, aparece una impresión difícil de ignorar: cuentan su historia como si lo hicieran desde una habitación en la que la emoción hubiera sido reducida al mínimo. Como si entre ellos y su propia vida existiera un cristal fino. Ven, describen, comprenden, pero no llegan a tocar del todo lo que sienten. No porque sean fríos por naturaleza, sino porque, muy temprano, aprendieron que sentir demasiado era peligroso, inútil o indeseable.
Cómo se transmite el mensaje
El mensaje “No sientas” no siempre se expresa de forma literal. A veces ningún adulto le dice a un niño, con esas palabras, que no debe sentir. Pero el aprendizaje llega igual. Llega cuando el llanto es ridiculizado, cuando el miedo se trata como debilidad, cuando la rabia se castiga con dureza, cuando la tristeza se despacha con frases vacías y cuando el entusiasmo despierta sospecha. También llega cuando el progenitor está desbordado, herido o frágil, y el niño percibe que sus emociones serían demasiado para un sistema familiar ya sobrecargado.
El niño no traduce todo eso a conceptos psicológicos. Solo responde, con el cuerpo y con su capacidad de adaptación: es más seguro sentir menos. Con el tiempo, la diferencia entre no mostrar y no sentir empieza a desdibujarse. Si una emoción es repetidamente tratada como inútil, incómoda o arriesgada, la psique comienza a empujarla hacia la sombra. No desaparece, pero pierde acceso a la superficie.
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5 técnicas de desarrollo personal que funcionanEl adulto funcional y poco habitado
Así se forma el adulto que parece fuerte y, a la vez, es difícil de alcanzar. Puede ser competente, lúcido, digno y coherente. Pero cuando se trata de entrar en contacto vivo con su mundo interior, aparece una pobreza emocional difícil de nombrar. La persona dice que no sabe lo que siente. O afirma que sí lo sabe, pero solo en términos abstractos y generales. O se da cuenta de lo que le ocurre cuando el cuerpo empieza a protestar con tensión, cansancio, ansiedad, insomnio o irritabilidad. Es como si la vida emocional, dejada demasiado tiempo en el sótano, empezara a golpear las tuberías.
El mensaje “No sientas” no afecta a todas las emociones por igual. Muchas veces unas quedan más prohibidas que otras. La tristeza puede vivirse como debilidad. El miedo, como vergüenza. La rabia, como peligro. La alegría desbordante, como falta de control. El deseo, como algo sospechoso. El niño aprende pronto un alfabeto emocional permitido y va amputando el resto de su lenguaje.
Como una casa bien construida en la que todas las habitaciones están en orden, pero las ventanas apenas se abren. El aire circula, sí, pero no lo suficiente. No hay catástrofe ni ruina. Sin embargo, falta algo esencial.
Efectos en las relaciones y en la intimidad
Más adelante, ese adulto puede llegar a creer que simplemente es así: racional, contenido, equilibrado. Pero, si mira con más atención, descubre el coste. En las relaciones cuesta leerlo. La pareja suele sentir que está junto a alguien que está presente y, sin embargo, no termina de ofrecerse del todo. En los conflictos, esa persona puede ser muy explicativa, pero no necesariamente estar afectivamente disponible. En la sexualidad, a veces el cuerpo participa, pero la parte emocional permanece en guardia.
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Motivación: qué es y cómo motivarte a ti mismoHay un hombre cuya esposa decía que nunca sabía con certeza dónde estaba él emocionalmente. No era violento, no era infiel, no era indiferente en un sentido brutal. Estaba allí, era responsable y correcto. Pero cuando ella pedía presencia afectiva, él respondía con soluciones, lógica o silencio. Desde su perspectiva, amar era cumplir, sostener y no fallar. Desde la de ella, faltaba algo que la corrección no podía reemplazar. De niño, había aprendido que era más seguro volverse sólido que volverse vivo.
La confusión entre control y madurez
Uno de los efectos más profundos del mensaje “No sientas” es la confusión entre control y madurez. La persona acaba creyendo que es madura porque no explota, porque no pide demasiado, porque puede pensar con frialdad o porque no se deja arrastrar por las emociones. Pero la madurez afectiva no consiste en la ausencia de emoción. Consiste en poder sentirla, sostenerla y expresarla sin quedar deformado por ella. El adulto que no siente lo suficiente no es más maduro que quien queda desbordado por lo que le pasa. Solo está atrapado en otro extremo.
Efectos en la crianza y en el cuerpo
El mensaje “No sientas” también deja huella en la crianza. Quienes lo recibieron pueden ser buenos padres en muchos sentidos, pero a menudo se sienten desarmados frente a las emociones intensas de sus hijos. El llanto, la rabia o la agitación infantil les activan y los agotan. No porque no quieran a sus hijos, sino porque la emoción viva del niño golpea justo el lugar que ellos cerraron demasiado pronto.
Y el cuerpo paga la cuenta. Las emociones empujadas demasiado tiempo a la periferia no se evaporan; se desplazan. Aparecen como tensiones crónicas, cansancio persistente, irritabilidad sin causa clara, dificultades para dormir o la sensación de que la vida es gris incluso cuando objetivamente va bien. A veces también se manifiestan en ataques de ansiedad, precisamente porque aquello que no pudo sentirse de manera gradual busca otra salida.
El camino de regreso
Quien creció con el mandato “No sientas” no está condenado a vivir para siempre en esa semi-vida afectiva. Pero el regreso no es sencillo ni rápido. No se trata solo de aprender a llorar o de decir con más frecuencia lo que se siente. Se trata de reconstruir, dentro de uno mismo, la seguridad necesaria para tener emociones sin avergonzarse, sin temer perder el control y sin creer que uno se vuelve demasiado para los demás.
A veces ese regreso comienza de forma muy modesta. Observando los momentos en que se pasa demasiado rápido a la explicación. Permaneciendo unos segundos más en el cuerpo antes de convertirlo todo en ideas. Reconociendo una rabia antigua que se llamaba simplemente cansancio. Descubriendo que debajo de la irritación había dolor. Para alguien educado bajo el mandato “No sientas”, frases sencillas como “me cuesta quedarme aquí, pero no quiero huir” pueden ser más valientes de lo que parecen.
Sanar no significa lanzarse sin criterio a cualquier estado emocional. Significa construir, quizá por primera vez, una relación madura con el propio mundo afectivo. Poder sentir sin temer de inmediato el caos. Poder llorar sin despreciarse. Poder conmoverse sin apresurarse a volver al cemento de las explicaciones. Y, sobre todo, poder descubrir que la emoción no hace a nadie menos digno, menos inteligente o menos fuerte. Lo vuelve más completo.
El mensaje “No sientas” produce adultos que pueden parecer muy bien construidos y, al mismo tiempo, insuficientemente habitados. Personas que hicieron del autocontrol una casa, pero no un refugio cálido. Sin embargo, precisamente porque esta historia fue aprendida, también puede desaprenderse. Lentamente, con paciencia, con suavidad y con verdad. Y quizá, un día, quien pasó años viviendo en un mundo en voz baja vuelve a escuchar la música. Al principio, bajito. Tal vez incluso con incomodidad. Pero real. Y desde ahí, la vida deja de ser solo algo que se entiende. Empieza, por fin, a ser también algo que se siente.
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